Reseña Histórica
Paquiló fue una legendaria hacienda
localizada a orillas del río Magdalena en el municipio de Beltrán,
Cundinamarca, a 60 kilómetros abajo de Girardot. Hoy día la casa que aún se
conserva hace parte de la Inspección de policía que lleva su mismo nombre, Paquiló.
Cuando en la década de 1860 se desarrolló
en Ambalema la industria del tabaco, se estableció en esa ciudad una importante
compañía con capital ingles llamada
Fruhling & Goshen de Londres, más conocida como: “La casa Inglesa”.
Esta se dedicó en un principio a la elaboración del añil y luego al cultivo,
preparación y exportación del tabaco. Esta compañía poseyó, entre otras, dos
grandes y valiosas propiedades que fueron: El Santuario y “Paquiló” en el departamento
de Cundinamarca, que comprendían toda la vega del Magdalena, desde la
desembocadura del río Seco, en inmediaciones del pueblo de Guataquí, hasta el
paso de Gramalotal, enfrente de Ambalema.
La Casa Inglesa no solo
explotó el tabaco de Paquiló que tenia
buena demanda en Hamburgo, Bremen y Londres, sino que despejó montañas y plantó
los primeros potreros de Guinea, pasto que estaba recién introducido al País.
En el centro del territorio de Paquiló,
existía desde tiempo atrás un caserío a la orilla del río, cuyos habitantes
eran pescadores y agricultores que trabajaban para la Casa Inglesa y llevaban
sus productos a Ambalema. Cuando la Casa Inglesa se retiró en el año de
1890 vendió la propiedad de “El
Santuario” a Mister Roger Vaughn, ingles
de nacimiento y distinguido empleado de la compañía y la de Paquiló, al señor
Pedro José Chacón, importante vecino de la región.
El caserío y sitio de Paquiló, existía
desde muchos años atrás, pues figuraba en los diarios de navegación de los primeros
barcos de vapor que surcaron por el rio Magdalena hacia 1841, y era de origen
indígena. Todavía se conservan los tanques de piedra labrada que usó la Casa
Inglesa para la preparación del añil.
Construyó don Pedro José Chacón la casa
de Paquiló a orillas del río y del caserío, que guardó relación con el tamaño y
la importancia de la hacienda. Para su construcción, que se inicio en el año de
1896, llevó de Bogotá al director de obras que había construido parte del
capitolio Nacional, quien hizo los planos de 40 metros por 40, con paredes de
piedra y adobe de un metro de anchas y columnas y maderamen de guayacán.
A la muerte de don Pedro José Chacón,
ocurrida en la Mesa en el año de 1909, los hermanos Vásquez, compraron a los
herederos de don Pedro José el lote central, donde está la casa y el caserío.
Este lote continuo llamándose “Hacienda
de Paquiló”.
Contaban los antiguos habitantes de
Paquiló, que la muerte de don Pedro José estuvo siempre asociada a una serie de
leyendas y tradiciones, tal como el
susto y alboroto que experimentó el ganado la misma noche en que ocurrió su
muerte, llegando el ganado de uno de los potreros que da sobre el río, a correr a lo largo de las cercas sin causa
alguna, después se precipitó al río, que cruzó nadando a pesar de lo oscuro de
la noche para internarse en la rivera opuesta, en la margen del Tolima.
Los señores Vásquez, que adquirieron la
Hacienda, formaban un grupo de cinco hermanos, sumamente varoniles y dotados de
gran fortaleza y de una capacidad de trabajo admirable, eran oriundos de
Antioquia donde en su juventud sufrieron muchas privaciones. El mayor de ellos,
se fue a trabajar a los llanos de San Martín, obteniendo de su padre la suma de
dos mil pesos para negociar con ellos, suma que recibió con la condición de
traspasar al segundo de los hermanos cuando llegara al llano después de
determinado tiempo, y así sucesivamente, hasta que todos ellos pudieran formar
un capital. Y efectivamente, dadas sus condiciones, al cabo de muy pocos años
lograron formar, no un capital, sino una inmensa fortuna que trabajaron juntos
y que invirtieron en fincas de tierra caliente. Se decía que habían formado un
pacto ente ellos para que ninguno contrajera matrimonio, so pena de perder los derechos
en la sociedad, pacto que parece que cumplieron. Don Mamerto y don Cesáreo
(especialmente el primero), se dedicaron
a trabajar la hacienda de Paquiló. Diestros en toda clase de oficios
relacionados con el ganado y con el campo, ningún vaquero trabajador o
mayordomo pudo igualar sus proezas en la vaquería y en los Trabajos de corral.
Don Guillermo de Narvaez adquirió la
hacienda en 1926, y le dedico sus mejores ratos, logrando convertir la hacienda
en refugio de descanso y empresa comercial. Desarrolló programas agrícolas,
ganaderos y a la cría de caballos criollos colombianos. Los habitantes del
caserío lo estimaron desde el primer momento. Para ellos, “El Patrón”, fue
desde entonces una ayuda, lleno de generosidad y comprensión, que pagaron
siempre con amistad y lealtad a toda prueba.
A don Guillermo le gustaba invitar a sus
amigos y parientes a pasar temporadas en la hacienda, en las que preparaba excelentes “viudos” en la orilla del río;
paseos en canoa, pescas con chinchorro; cacerías de caimán, cuando todavía se
encontraban estos animales en el alto Magdalena; grandes cabalgatas, vaquerías
y tenidas musicales con conjuntos criollos del caserío.
Algunos meses antes de su muerte, el
General Enrique de Narváez, padre de don Guillermo, quiso ir a conocer la
Hacienda, para lo cual se trasladó desde la Esperanza donde residió durante sus
últimos días. De su visita a Paquiló, de
la grata impresión que le causo esta, y del recuerdo que conservó de la
temporada, da idea la siguiente recordación que escribió a su regreso y que
transcribo a continuación:
“Paquiló,
¡Paquiló!… Tu recuerdo, el recuerdo de nuestro fantástico viaje a tus
hospitalarios lares; el de las cariñosas e incontables bondades de que fuimos
objeto; el recuerdo de tus placidos campos, de tus lumbrosos árboles, de tus
indefinibles paisajes, de aquellos alegres o melancólicos cantares, y bambucos
cuyos ecos, como rumorosas espumas, surgían de la canoa que nos deslizaba sobre
el agua al compás de las ondulaciones del río;
el recuerdo de todo ese conjunto de indescriptibles imperecederas
impresiones, que convirtió en idilio de tranquilidad y bienestar las horas
pasadas bajo tu amoroso techo, lo guardo en el corazón con la fijeza indeleble
con que, según afirman, se graba en la pupila del moribundo la postrera visión
que perciben sus ojos al apagarse en ellos los últimos reflejos de su vida. ¿No
abras sido tu, Paquiló, la postrera visión sonriente y cariñosa grabada en las
pupilas de mi alma, y el último y apacible grato rayo de luz que brillo en el
anochecer de mi vida? — Fechado en la
Esperanza, Mayo de 1929—.
Guillermo de Narváez Quijano murió en Marzo de
1951, a los 25 años de poseer la Hacienda. Si su muerte fue generalmente
sentida, para pocos lo fue tanto como para los trabajadores de la Hacienda y
los habitantes del caserío, quienes perdieron, no solo al “Patrón”, sino al amigo y su consuelo”.
La administración de la hacienda la
continúo su hijo Jaime de Narváez Vargas en cuya memoria fue bautizado el
Colegio Técnico Agropecuario Jaime de Narváez, que hoy día (2013), funciona en
la vieja casona de Paquiló.
Guillermo de Narváez